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Posted in Gastronomía

RESTAURANTES CON FILOSOFÍA SLOW EN MADRID

La periodista Paloma Herce escribe para varios medios sobre ‘lifestyle’ y ha querido colaborar con Slow Love para descubrirnos los locales madrileños con esencia slow. Direcciones a tener en cuenta en nuestras próximas cenas y comidas de verano para charlar, brindar y, ¡disfrutar de la vida!

Madrid vive siempre en un aluvión de aperturas y de nuevos locales, algo que sigue sucediendo incluso con estos tiempos extraños. El vaivén de sitios de moda que iba haciéndose hueco en Madrid era frenético, y con esta “nueva realidad” todo se ha vuelto mucho más slow. También el simple hecho de comer y beber. Las largas sobremesas, los lugares que invitan a quedarse… Esos sitios, que no son necesariamente tendencia, son los que necesitamos más que nunca. Para disfrutar una botella de vino frío durante varias horas o para charlar y charlar, en una mesa, con los que más queremos.

La capital es un mapa gastronómico donde podemos encontrar de todo, pero de los restaurantes que vamos a hablar -que no tienen que ser necesariamente nuevos- se cena y se come slow. Su filosofía, su decoración o su carta nos invita a ello. Son direcciones a tener en cuenta en nuestras próximas cenas y comidas de verano. Para charlar, brindar y comer hasta las tantas.

  • Mo de Movimiento. Calle Espronceda, 34. Es el restaurante de moda que lo es sin querer serlo. Y eso mismo es lo que dicen sus sueños. Se ha convertido en el place to be por antonomasia aunque me gusta porque su filosofía invita a saborear cada rincón. Se ubica en el antiguo Teatro Espronceda, en el que fue el plató de la Agencia Efe, y es un restaurante sostenible. La cocina está alicatada con restos de otras obras, la decoración cuenta la historia del local, el uniforme de los camareros es de Humana… Mo de Movimiento es mucho más que el sitio de moda. Para ir a tomar un vino y quedarse a cenar y ver como las luces cambian. Imprescindible su pizza de mortadela y sus buñuelos de calabacín.

  • Mercato Ballaró. Calle de Santa Engracia, 24. Ubicado en una zona en la que solo hay restaurantes italianos sicilianos, Mercato Ballaró es un trocito de Palermo en plena Santa Engracia. Con dos plantas -la de abajo más informal, la de arriba para cenas más formales- y una carta original que va cambiando -excepto sus platos de siempre-, es uno de esos sitios a los que llevar a amigos o familia porque siempre vas a acertar. Pides una botella de vino italiano, pruebas su caponata con burrata y brindas por la vida con sus linguine a la carbonara, con una curiosa receta que incluye espárragos verdes. Al menú le incluyes algunos de esos platos que van cambiando, y si tienes más hambre, te pides la ensalada de Emma Suárez -que suele ir mucho por allí-. Abajo se pueden pedir medias raciones, arriba solo platos grandes. Para elegir según formalismos… Y pasarse horas y horas.

  • Ultramarinos Octavio. Cea Bermúdez, 54. No es realmente un restaurante, es un ultramarinos de toda la vida reconvertido en tienda gourmet -apenas tiene dos años de vida- con un patio interior con sillas de madera -decorado por Sierra + de la Higuera, los mismos que Gran Clavel- para probar sus deliciosas tablas de quesos y embutidos. Es un pequeño rincón francés, en pleno Chamberí, para ratones, porque tienen más de 150 variedades de queso, entre muchos otros productos delicatessen. Es uno de esos sitios fuera de la hoja de ruta de los lugares de siempre que te enamora en la primera visita. Pides una tabla, después pides otra, y pides un vino… y acabas probando la carta entera. Todo slow, claro.

  • Café Comercial. Glorieta de Bilbao, 7. Muchos lloraron al decirle adiós al Café Comercial… pero todos aplaudimos cuando el café volvió a abrir sus puertas. Es uno de esos rincones castizos donde apetece quedarse horas y horas. Da igual que sea en su terraza -esas mesitas que nos trasladan a París-, en su barra o en sus dos salones. Podemos ir a tomar un café y desayunar, a disfrutar de un vino… Cualquier hora del día es buena para colarse en el Café Comercial aunque me gusta más cuando el Sol se pone. Su carta es como la de los sitios de siempre, con platos como la ensaladilla, las croquetas, su canelón de rabo de toro… A veces hay actuaciones en directo y siempre te encuentras a alguien interesante en la mesa de al lado al que observar. Por eso es un sitio para cenar o comer slow, porque es un café con multitud de estímulos para observar y ser observado. Sus luces y su decoración hacen que nos quedemos horas y horas con una copa de vino en la mano paladeando el momento.

  • Propaganda 12. Calle de la Libertad, 12. Otro italiano -aunque en este caso es vinoteca- que merece la pena visitar porque la experiencia consiste en recorrerse Italia entera con un tenedor y una copa como billetes de avión. Sus camareros, siempre atentos, te darán las mejores recomendaciones y tú solo querrás sentarte y disfrutar. Su carta de vinos te coge desprevenida porque encuentras multitud de vinos originales de la tierra de Sofía Loren, Chiara Ferragni o Ennio Morricone. Y esto gracias a su dueño, Mattia Pierantoni. Son deliciosas sus alcachofas confitadas con láminas de parmesano y pimienta negra o su tartar de atún rojo. Si puedes, pide la pasta del día que siempre sorprenderá. No vamos a encontrar los platos italianos de siempre, si pequeños bocados o tapas que algunos te recordarán a Italia y otros te trasladarán quizás… a otro lugar. Para ir probando un vino y otro, para brindar y charlar y para disfrutar de cómo pasa el tiempo de manera lenta. Este local, en Chueca, tiene -sin duda- la mejor propaganda posible.

 

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