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El cuerpo humano es un ecosistema heterogéneo en el que nuestras células conviven con millones de microorganismos diversos que forman la microbiota humana. Estos microorganismos se distribuyen a lo largo de todo el cuerpo, pero donde se concentran mayoritariamente es a lo largo del sistema digestivo, fundamentalmente en el colon. Estos microorganismos viven en simbiosis con nosotros, lo que significa que es una relación beneficiosa para ambos. Les ofrecemos cobijo y alimento, ya que se alimentan de fibras fermentables que nosotros no absorbemos y ellas nos generan multitud de beneficios físicos, pero también emocionales, porque existe una conexión estrecha cerebro-intestino. De hecho, la microbiota digestiva lleva a cabo funciones fundamentales para nuestra supervivencia y salud. Algunos grupos de microorganismos tienen función reguladora del sistema inmune y actúan como barrera evitando el crecimiento de microorganismos patógenos o nocivos. Tener bajos niveles de este tipo de microorganismos genera alergias o inmunodeficiencias, así como una mayor propensión a sufrir infecciones. Otros microorganismos de la microbiota intestinal tienen función muconutritiva, es decir que se encargan de mantener la mucosa intestinal para poder realizar correctamente la digestión y absorción de alimentos. El déficit de este tipo de microorganismos se asocia con problemas digestivos y de malabsorción, incluso con la inflamación de la mucosa intestinal y problemas de permeabilidad o porosidad intestinal. Es curioso, pero, además, la proporción desequilibrada entre determinados grupos de microorganismos también se relaciona con el metabolismo lento, el sobrepeso y la dificultad de algunas personas a la hora de perder peso.

 

 

La microbiota del ser humano comienza a desarrollarse desde la gestación, pero es en el momento del parto donde entramos en contacto con los microorganismos de la madre, en el canal vaginal y al entrar en contacto con el líquido fecal de la madre una vez fuera de su cuerpo. Por tanto, la transmisión de la microbiota digestiva es de madre a hijo y sus desequilibrios, también. Las bacterias heredadas comienzan a colonizar el intestino del bebé y crecerán en función del tipo de lactancia y del tipo de dieta que reciba durante sus primeros años, estabilizándose en torno a los dos o tres años de edad. La que una persona tenga en ese momento ya supondrá el 60% de la microbiota durante el resto de su vida.

 

Para un correcto estado de salud, el ser humano debe tener un determinado volumen y variedad de estos microorganismos. La mayor diversidad microbiana está asociada a mejor salud. Pero el volumen es importante, un déficit o un exceso en el número microorganismos podría llevar a esa persona a sufrir numerosos síntomas, que muchas veces se tratan como enfermedad, pero que son un síntoma originado por un desequilibrio microbiano en el intestino. Un caso muy típico es el del colon irritable, que conforme avanza la investigación científica se está relacionando cada vez más con disbiosis intestinal o desequilibrio microbiano (1). De hecho, se estima que casi un 80% de los casos de colon irritable son debidos a un sobrecrecimiento microbiano, ya sea en el intestino delgado (SIBO) o en el intestino grueso (LIBO) (2). Tratamientos nutricionales dirigidos a frenar las poblaciones microbianas dan muy buenos resultados. Otro ejemplo claro son los casos de malabsorción a determinados azúcares como la lactosa, la fructosa o el sorbitol. Tratamientos enfocados a nutrir el epitelio intestinal, sanar la mucosa y poblar el intestino de microorganismos beneficiosos, suele dar también resultados muy buenos. Los desequilibrios bacterianos están detrás de la gran mayoría de trastornos digestivos, rechazo a determinados alimentos e inflamación intestinal.

 

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